miércoles 27 de febrero de 2008

Candados en el viento.


Echando la vista atrás, en el recuerdo, se desfiguran las farolas que alumbraban las huellas del pasado, ésas que parecían soportes en una angosta calle salpicada de rumores y deseos.
Se percibía en las noches de verano, el calor prendido en el asfalto, un asfalto de ciudad envenenada por rencores renovados a cada pisada. Era la luz artificial, la cumbre de artificiosas miradas.
Luces confundidas en la noche con el brillo de la luna, que impertérrita se movía al compás de la vida que me acogía.
Eran noches en las que deambulaban los deseos libres de las fatigas de la responsabilidad. Noches dominadas por los actos que nunca morían sin antes haber dejado una huella en el corazón.
Las noches se mezclaban con los días cuando el pasar del tiempo se llenaba de los instantes que parecían huir del mañana. Las siluetas rozaban las sombras cuando el caminar ajeno, siempre parecía cansado junto a mis huellas, unas huellas que dejaban un halo de seguridad y despropósito a la vida.
Eran las sombras de las miradas ráfagas de olvido, que al confundirse en la soledad del pensamiento, siempre pasaban de largo en la estación del silencio. Los instantes pretendían perderse en la angosta calle sembrada de silencios pasajeros. En ellas caminaban mis ilusiones sin nombre sostenidas por unos píes, que aún no conocían cansancio de caminos recorridos, miedos golpeando la inocencia, ni sentimientos quebrantados de indiferencia; Y de pronto su mirada.
Escuchamos a la vez el ruido del silencio. Sus ojos deseaban encontrarme más allá de mi propia mirada, se quedó atrapado en el cuerpo que aún no sabía ser mujer, mientras la inocencia intentaba despedirse de los últimos pasos que él, encerró entre sus manos.
Dibujaban sus labios una sonrisa que siempre era anunciada por sus ojos. Nació un horizonte marcado en una línea discontinua…

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El primer domingo junto a su sonrisa, estaba la luna escondida al calor del sol.
Se asomaban mis ilusiones al balcón. Flotaba en el aire una música enredada de primavera, mis manos bailaban al compás de mi corazón. Abajo en la acera apareció su camisa blanca junto a sus ojos y su sonrisa, y entre brillos de mañana me dijeron: Baja. Ven.
Empezaron a pasar en un no pasar, los minutos que entre los dos se tejían con miradas furtivas.
Quería esconderse el sol, mientras las manos buscaban el roce de otra piel. Kilómetros recorridos, en un intento de alejarse de censuras de mayores que vivían olvidando sus primeras emociones. Los kilómetros sacudían la prisa por llegar a un rincón, que en una soledad compartida de miradas y caricias, dejaran su huella en la impaciencia de la memoria.
Mi cuerpo de niña decía no. El miedo se quedaba atrapado entre el deseo, y sus manos eran una brisa que empezaba a atarse a un recuerdo inolvidable que ya nacía.
Aquel verano con un calor que apenas recuerdo, se dejaba atrapar entre besos escondidos y caricias calladas.
Nuestro primer rincón se hallaba al final de una escalera de caracol. Una amplia ventana regalaba a mis ojos un paisaje que aún perdura en mis sueños.
Sus labios en mi espalda, el paisaje se volvía un espejismo, se encontraron nuestros labios. El primer beso tan intenso, tan desconocido, tan deseado; el miedo dijo no.
Se quedó el deseo atado en sus ojos, volvió la nitidez del paisaje mostrando su fuerza ante la mirada pérdida de un adiós, que comenzaba a quedarse enredado en la escalera de caracol.
Una tarde adiviné en sus ojos el adiós. Sus palabras fluyeron moldeándose a otro cuerpo que sin miedo ocupó su deseo.
Sus lágrimas hablaban de todo lo que no me pudo dar, su mirada decía: no te olvidaré, te esperaré, pero mientras tanto necesito vivir.
La soledad me acompañó en un atardecer en el que me eran ajenos los sonidos. Andaba su adiós a mi lado.
El tacto de su pelo, su sonrisa en la mirada, sus manos impacientes, las mieles de su boca, todo se quedó descansando en el horizonte intermitente; en nuestro horizonte.
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Volvió un nuevo verano. Renació el retorno de sentimientos que habían dormido y crecido a pesar de la ausencia.
Planes en la estación estival, una llamada y de pronto otra vez su voz.
Entre ilusiones escondidas en las palabras, emoción en la voz y el deseo escondido en un futuro encuentro, en el corazón sólo quedó grabado: Iré, nos encontraremos.
El mar se presentó en mi presencia. Por las noches se habían roto los candados que sujetaban el viento. Él apareció con su sonrisa reflejada en sus ojos, mientras el mar nos amaba a los dos.
Los amaneceres eran serpientes que nos enredaban con los sentimientos reposando entre sábanas desconocidas.
Un domingo nos escapamos recorriendo kilómetros de emociones. Nos acogió una playa desierta, que esperaba nuestros cuerpos para dejar nuestras huellas envueltas entre besos y caricias, que nunca han muerto en el recuerdo.
Allí en aquella playa sentí al cielo cómplice del deseo, a las olas testigos del tiempo que queda grabado en tu piel, al sol marcando cada centímetro de emoción.
Se asomó la luna y nos recordó que habría un nuevo amanecer. Un amanecer que resbalaba en una despedida.
Un adiós volvió a nacer. Se marchó de nuevo con su sonrisa. Se llevó todas las caricias que todavía hoy, fermentan en su piel.
Se paró la brisa. Empezaron a morir las olas en la orilla de sus besos.
Se cerraron los candados en el viento que acarició nuestra historia de amor.
Y él mi primer amor, nunca muere en el recuerdo.


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Me acuerdo de unas briznas de hierba que al quedarse prendidas en tu pelo, me enseñaron a saber lo que es un beso. Al intentar quitarlas, me robaste una huella perdida que en mis labios dormía noche y día. Fue en una de esas mañanas en las que nada era importante, sólo a través de una ventanilla, me hablabas de lo que querías que tú fueras para mí al recordarte en el futuro. Una pequeña luz que siempre estuviera en mi corazón, una luz que nunca se ha apagado porque la intensidad de lo que me diste se ha quedado en mis sentimientos para recordarte que te sigo queriendo aunque la soledad siga siendo mi compañera de recuerdos. Como la luz de aquella lamparilla que en aquella verbena conseguiste para mí.
Y envueltos en la brisa que sólo el mar sabe acariciar, devorábamos kilómetros de vida, robábamos instantes mientras me decías: Ahora eres mi chica.
El mar, que tanto me une a ti en el recuerdo, nos saciaba alejados del asfalto que todo lo quema, de las voces que no entendían que nuestro silencio de palabras para hablar de ti y de mí, eran una dialéctica perfecta en nuestros besos, manos y cuerpos, que cada noche le daban un abrazo provocador a la madrugada. Me deseabas entonces, me deseas ahora, me robabas besos, me dejaba seducir en el erotismo de tu perfil; igual que ahora que al besarme me desarmas y tú lo sabes.
Y el paisaje se sucedía en un cristal inexistente, en un aire ficticio que revolvía mi pelo y, acariciaba mi cuello, en unos días, saciados hasta el límite de aquello que nunca más he tenido. Descansaba la playa desierta en la que tus ojos decían: te deseo; nos miraba un barco hundido en la arena que se quedó con tu nombre y el mío.
Te puedo amar en silencio, pero no puedo desearte en secreto.
Ahora, ha renacido el recuerdo en la realidad. Los instantes que ajenos han galopado sumando momentos en el tiempo, han pasado a pesar, de no encontrarte en un horizonte que guarda las huellas de veinte años de nuestras vidas.
Ha vuelto de pronto un atardecer que sin saberlo nos esperaba. Han vuelto a hablar los besos de tu boca, te han vuelto a responder las huellas que dejaste impresas en mi piel.
Ahora dos corazones se hablan en silencio atrapados entre amor y deseo, ahora tus ojos siguen hablando cuando los cierras para sentir el lenguaje de mis dedos. Ahora no pienso sólo me dejo seducir por todo lo qué dices cuando guardas silencio. Y en ese silencio he descubierto que nace de nuevo un adiós, que naufragaba en el miedo, en mi miedo.

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Nota.- Este relato, está dedicado e inspirado en mi primer amor, quién afortunadamente aún, y en la actualidad está en mi vida.

Hoy 27 de febrero, su relato (nuestro relato) ha introducido el inicio de esbozos, por ser su aniversario de nacimiento.

Nunca descarto que este relato vaya más allá.

Gracias.

11 Comentarios entre mis letras):

Mar dijo...

Me ha dejado traspuesta,porque me siento muy identificada con el texto, esto lo podía haber escrito yo (no igual, pues tus palabras son de lo más hermoso), pero hasta hace cuatro meses, ahora he cambiado el horizonte y aun no se porqué, y con tus letras vuelvo atrás con la nostalgia y los recuerdos que me atrapan, me has tocado el punto débil.

Anónimo dijo...

Felicidades, muy bonito.

Mi ángel

Fernando R. Ortega "Vagamundos" dijo...

rabuena por este nuevo blog. Bss

Ana Belio dijo...

Mar....si eso te ayuda de alguna forma, todo esto merece la pena.

Un fuerte beso guapa.
Cuídate

Ana Belio dijo...

Mi ángel, gracias por dejar tu huella.

Fer...gracias y regracias por todo.

Bss.

Keka dijo...

Dime cuándo te publican, sabes que me pondré la primera para que me lo dediques.

Sitos reina

Ana Belio dijo...

No sé princesa, ya sabes quién decide.

Pero cuenta con ello.

julio-entuinterior dijo...

He entrado a leerte y saludarte, Anna

Un abrazo

Ana Belio dijo...

Un fuerte abrazo Julio.

Gracias por estar ahí.

Antonio dijo...

Me encanta el azul de tu blog y el azul de tu mar: He tardado tiempo en entrar porque sabía con lo que me iba a encontrar, sabía que me iba a encontrar con la belleza de aquel amor que ya no se puede olvidar pasen los años que pasen, porque el tiempo no lo cura todo. Tienes la cualidad de transportarme a otro tiempo no muy lejano y es hermoso, pero duele, duele la herida que ya no curará jamás, duelen los besos y las caricias que ya no vendrán, duele la vida, duele el alma. Así que no te extrañe que no quiera entrar en tu blog, aunque hoy tenía que hacerlo...

Un beso

Ana Belio dijo...

Antonio cielo, noto perfectamente que hoy estás muy sensible.
Ya sabes que tu presencia aquí y allá y donde sea, para mí es valiosa.

Quizá es hoy que estás sensible, pero no todo lo que vaya escribiendo será así cielo.

Ya hablaremos y cuídate mucho.

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